Ha pasado otro año, uno más, y los motores de Atapuerca se vuelven a poner en marcha. Las lluvias que hasta hace pocos días han regado el valle le confieren un verdor y una frescura que están muy lejos de la sequedad ardiente propia de estas fechas. El Arlanzón juguetea bullicioso bajo los puentes y desde los puntos más altos de la sierra el campo ofrece, hasta el horizonte, un aspecto tranquilo, casi idílico, un paisaje soleado y silencioso que bien podría formar parte de una pintura flamenca en la que hasta las manchas pardas de ladrillo, piedra y adobe de los pueblos encajan a la perfección.

Un año más, otro, los paleontólogos se disponen a formular sus preguntas a esta tierra antigua, a arrancar a pico y pala las respuestas y a trazar algunas líneas más en el complicado y aún incompleto lienzo de la evolución humana.Primera rondaLos tres directores del conjunto paleontológico más importante del mundo se han dado cita hoy, jueves, para la primera ronda de la temporada. Algunos de los yacimientos, como la Sima del Efefante o Gran Dolina, se desperezan ya, los científicos hormigueando en sus cortes verticales y sus profundas zanjas.

Otros, como el Portalón o la Sima de los Huesos, duermen aún sus últimos días de letargo invernal. En ellos, el repiqueteo de los martillos y el trasiego de roca y fósiles no empezará hasta el 1 de julio. Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell, que este año cumple treinta campañas en Atapuerca, recorren una vez más los mismos parajes que ya pisaran nuestros ancestros hace, como mínimo, un millón doscientos mil años. Esa es la fecha, en efecto, hasta la que Atapuerca nos remonta. Fue el año pasado, en la Sima del Elefante, el último lugar en el que nadie se habría esperado encontrar algo así. Una mandíbula humana de un millón doscientos mil años de antiguedad. «Fue una sorpresa para todos -recuerda Bermúdez de Castro- Una bomba que nadie se esperaba».

El factor sorpresaPero así son las cosas en esta sierra ancestral. Nunca se sabe dónde estará la sorpresa, ni hasta dónde nos conducirá una vez que se produzca. Jamás, hasta ese formidable hallazgo, la Sima del Efefante había dado fósiles humanos. Restos de fauna, eso sí, y mucha industria lítica, pero del tipo musteriense, es decir, mucho más reciente, de la que fabricaban los hombres de neandertal casi un millón de años antes de que el dueño de esa mandíbula única se paseara por estos parajes. «Los niveles de este yacimiento -explica con todo detalle Eudald Carbonell- van del 19, que es el superior y con una antigüedad de unos 200.000 años, hasta el 9, que es hasta donde ha llegado la excavación y en el que se encontró la mandíbula. Más abajo, quién sabe.

Pero esperamos encontrar más durante esta campaña».Apenas un par de cientos de metros más adelante, siguiendo la trinchera que el ferrocarril abrió a finales del siglo XIX dejando al aire los yacimientos, un nutrido equipo de paleontólogos trabaja ya a pleno rendimiento en los dos niveles «fértiles» de Gran Dolina, el lugar en el que aparecieron los restos de Homo antecessor, el poblador de Atapuerca de hace 850.000 años. Las últimas excavaciones en el nivel TD6 han sacado a la luz nuevas evidencias de canibalismo, demostrando que la antropofagia no fue, como se pensaba tras los primeros hallazgos, un episodio que se produjo en un momento aislado, sino una práctica que se mantuvo en el tiempo, durante muchos miles de años. Una forma, según Juan Luis Arsuaga, «de lanzar un mensaje muy claro a otras poblaciones rivales y de mantener el predominio sobre una tierra rica en caza, sílex y recursos naturales». Sana rivalidad Aquí, esta mañana, Carlos Lorenzo, «Carletes», está indicando a María Martinón las coordenadas y situación de varias herramientas, un diente y dos huesos que están a medio desenterrar. María anota todo en su PDA, para enviar después los datos a un sistema informático central, una suerte de «yacimiento virtual» en el que está reflejada cada pieza, cada fragmento óseo, cada piedra en su posición y localización originales.

Antes de contar con esta ayuda tecnológica, los paleontólogos no tenían otra forma de dejar constancia de sus hallazgos que dibujarlos a lápiz, con todas sus referencias, en una libreta. Datos que después había que transcribir lenta y trabajosamente a un plano general. Una cantidad enorme de trabajo burocrático que ahora se soluciona con un simple puñado de «clics».En Gran Dolina todos los científicos están especialmente «motivados». De hecho, hasta la sorpresa del año pasado en el yacimiento cercano, era Gran Dolina, y no el Elefante, la «estrella» de toda la excavación. Un puesto que, a su vez, Gran Dolina le había arrebatado años antes a la Sima de los Huesos, la «cuna» de Homo heidelbergensis, que pobló la sierra burgalesa hace casi medio millón de años. «Gran Dolina es un valor seguro -bromea Carlos Lorenzo-. Aquí nos queda un metro y medio de suelo con fósiles. Sabemos que están ahí y seguiremos sacándolos durante años. Quién sabe, puede que haya algo muy espectacular esperando a la vuelta de la esquina».Sin recompensa inmediataLa otra cara de la moneda, la del trabajo constante, duro y sin recompensa inmediata, está en la cueva de el Mirador, un sistema de galerías de cerca de doce mil años de antiguedad (muy reciente, si se compara con los restos de otros yacimientos de Atapuerca), cuya entrada permanece sellada desde que, hace entre 12.000 y 14.000 años, el techo de la cueva se vino abajo. Aquí está documentado el asentamiento agrícola más antiguo de la meseta, un grupo de personas que llegó siguiendo el curso del Ebro hace 6.500 años. Es tal el interés que despierta estre yacimiento entre los paleontólogos, que no dudaron ni siquiera a la hora de tener que abrir ellos mismos a mano, sin más que picos y palas, más de trescientos metros de camino en la dura roca para permitir el acceso de vehículos y herramientas. «Fue una auténtica «machada» -recuerda con cariño Eudald Carbonell-, pero estoy convencido de que valdrá la pena».

El portón actual es el resultado del colapso de la cueva, que es de la misma época que la de Altamira. Sin embargo, aún quedan varios años antes de dar el paso de quitar el «tapón» y acceder al interior de un sistema de galerías al que, en palabras de Carbonell, «no ha entrado nadie desde hace por lo menos 8.000 años». El paleontólogo fantasea con el futuro hallazgo de pinturas rupestres en estas cavernas desconocidas. Pero para eso habrá que esperar. Este año, como durante los tres anteriores, los científicos se limitarán a seguir sacando, de una «cata» de seis metros cuadrados y que ya va por los catorce de profundidad, toneladas y toneladas de roca casi estéril. «A seis metros apareció el techo caído de la cueva. Llevamos ya excavados otros ocho metros de roca y creemos que aún quedan dos». Solamente después de terminar este ingente trabajo, que capitanea Josep María Verges, los científicos abrirán las galerías para entrar al sistema de cuevas desconocido. «Al final puede no haber nada -dice Carbonell- pero hay que arriesgarse».Algunos restos de cerámica y los vestigios de un corral son el escaso botín obtenido hasta ahora en el Mirador. La sorpresa se produjo al comprobar que del fondo de la cata salía aire. Un aire que debía proceder de alguna parte. De las galerías que los científicos esperan sacar a la luz en los próximos años.Un año más, pues, Atapuerca calienta motores. Y nadie sabe aún qué sorpresas y maravillas se reserva esta campaña. Publicado en ABC el 22/06/2008