En 2014, el surfista Álvaro Vizcaíno sufrió un accidente en Fuerteventura que transformó su vida. Durante una excursión, resbaló en una duna y cayó desde un acantilado de 12 metros, impactando contra una roca en el mar. La caída le fracturó la pelvis, la cadera y una mano, dando inicio a una odisea de 48 horas en las que luchó contra el dolor, la deshidratación y el riesgo constante de morir.
Tras sobrevivir a duras penas a la primera noche, intentó llegar nadando a una cala cercana con un solo brazo funcional y los huesos rotos. Encontró refugio temporal en la playa, pero comprendió que, sin ayuda, moriría allí. Decidió entonces regresar al mar, movido por un miedo más fuerte que el dolor: el de rendirse sin haber intentado sobrevivir. Exhausto y al borde de la muerte, fue rescatado por los tripulantes de un barco.
Su historia, llevada al cine en la película Solo (2018), refleja la lucha del hombre contra la naturaleza, pero también contra sí mismo. Vizcaíno asegura que lo esencial no fue la supervivencia física, sino el aprendizaje: el miedo puede paralizar, pero también movilizar. Hoy comparte esta lección en conferencias, inspirando a otros a transformar el miedo en acción.
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