Carlos Escario y Luis Huete explican que el liderazgo actual exige una capacidad clave: gestionar de forma simultánea el presente y el futuro, combinando eficiencia operativa con transformación estratégica.
Para ello, identifican cuatro funciones esenciales del directivo que deben integrarse de manera equilibrada. La primera es asegurar resultados a corto plazo desde la dirección, garantizando que la estrategia se ejecute con eficacia. La segunda consiste en impulsar la transformación desde arriba, anticipando cambios y orientando a la organización hacia nuevas oportunidades.
A estas se suman dos dimensiones desde la base de la organización. Por un lado, fomentar la excelencia operativa mediante la escucha, la mejora continua y la implicación de los equipos. Por otro, impulsar el cambio cultural creando entornos de confianza, colaboración y liderazgo distribuido.
El verdadero reto no está en desarrollar cada función por separado, sino en combinarlas de forma coherente. El liderazgo se convierte así en una “coreografía” que equilibra control y autonomía, corto y largo plazo, acción y reflexión.
En este contexto, liderar implica coordinar tensiones constantes y evitar desequilibrios que puedan comprometer el futuro de la organización.