Enrique Dans reflexiona sobre la posibilidad de reducir la jornada laboral en un contexto marcado por la inteligencia artificial y recuerda que, históricamente, trabajar menos nunca ha sido una consecuencia automática del avance tecnológico. Aunque desde la Revolución Industrial la tecnología ha prometido liberar tiempo, las reducciones de jornada han sido siempre el resultado de luchas sociales, acuerdos sindicales y decisiones políticas, más que de mejoras técnicas por sí solas.
Durante décadas, los incrementos de productividad se tradujeron principalmente en más producción o mayores salarios, pero no en menos horas de trabajo. Hoy, con la llegada de la IA, el debate se reabre. Algunas empresas tecnológicas ya están experimentando con semanas de cuatro días sin pérdida de rendimiento, y voces influyentes del mundo empresarial y tecnológico apuntan a escenarios aún más disruptivos. Sin embargo, Dans advierte de un riesgo claro: que la reducción de jornada se limite a concentrar las mismas horas en menos días, aumentando la intensidad del trabajo y el agotamiento.
El autor destaca ejemplos como Islandia, donde la reducción efectiva de horas fue posible gracias a acuerdos colectivos sólidos y a la inversión en digitalización, manteniendo salarios y productividad. En España, aunque se han dado pasos hacia jornadas más cortas, el debate sigue abierto y lleno de matices.
La conclusión es clara: la inteligencia artificial puede facilitar el cambio, pero sin negociación, regulación y voluntad social, no garantiza ni menos horas ni una vida laboral más equilibrada.