Respeto al pueblo. El pueblo británico ha decidido, libre y democráticamente, abandonar la UE.
Responde así a la propuesta inicial de Cameron de eliminar del artículo 1º del Tratado desde Roma a Lisboa el objetivo de “una unión cada vez más estrechas entre los pueblos de Europa”. De momento, solo lo ha celebrado Neil Farage, el eurofóbico eurodiputado líder del UKIP, un partido con un solo diputado en Westminster.
Ahora le toca al Reino Unido decidir su futuro en relación con la Unión Europea, los Estados Unidos, la Commonwealth y los pueblos que lo componen, en especial Escocia e Irlanda del Norte.
Es una grave crisis sin precedentes, pero la UE tiene medios para gestionarla si mantiene su voluntad de compartir el destino de sus pueblos, tomando sus decisiones “de la manera más abierta y próxima a los ciudadanos” como dice el mismo artículo 1º. Abandonar es posible desde que en Lisboa se incluyó el artículo 50. La Unión de los 27 debe continuar su compromiso de trabajar juntos por la paz y la prosperidad comunes, a partir de los valores compartidos. Es de esperar que el Gobierno británico plantee su relación como tercer país del modo más cercano posible en este empeño común como ha hecho en el pasado.Nuestros lazos históricos, geográficos y de intereses compartidos así lo exigen.
La primera respuesta institucional de los Presidentes de las instituciones europeas, medida y respetuosa, sigue esta línea. Con una petición razonable, tener las propuestas británicas del acuerdo de separación, no de renegociación, tan pronto como sea posible. Hay que evitar que la crisis contamine toda la labor de una Unión que necesita reforzarse y no disolverse para responder a los múltiples desafíos con que se enfrenta.
Esta voluntad debe quedar clara a los líderes populistas y extremistas a los que ha faltado tiempo para proponer una cadena de referendos que dinamiten el proceso de construcción europea. No es cierto que Bruselas sea incapaz de responder a los pueblos europeos. Desde 1971, se han celebrado 57 referendos sobre temas ligados a la construcción europea. Tres cuartos aprobaron el texto propuesto, salvo los favorables de España y Luxemburgo sobre la Constitución al no ser aprobada ésta. Se recuperó su contenido vía Tratado de Lisboa.
Se respetaron los NOes de 6 referendos sobre la pertenencia a la UE, porque no es ni un imperio ni una prisión. Los 4 referendos de “profundización” fueron también tenidos en cuenta, como en el caso danés. Más delicadas fueron las 6 consultas de “gobernanza” negativas, como en Irlanda al Tratado de Lisboa. Se consiguió un acuerdo. Está pendiente de arreglo el d rechazo holandés al Acuerdo de Asociación con Ucrania ratificado por todos los demás.
No hay por tanto un enfrentamiento de un pueblo con todos los demás. Menos aún en el caso británico, donde la campaña a favor ha alcanzado una dimensión global.
No cabe objetar la utilización por los jefes de Gobierno del arma del referéndum para reforzar su posición, como ocurrió con Grecia en 2015 o va a pasar en Hungría. Si, la necesidad de superar la contradicción entre la expresión de la voluntad de uno de los pueblos sobre temas aprobados conjuntamente.
La gran cuestión democrática a resolver es si seguimos pensando que la democracia representativa es el mejor medio para gobernar y decidir juntos los 500 millones de europeos de 28 Estados. Considerar como un axioma indiscutible que la vía referendaria es más democrática y superior a la parlamentaria sería una enmienda a la totalidad de los Tratados que haría inviable la construcción europea. El recuerdo en Alemania de su último plebiscito de 1933 les ayuda a no repetirlo. El arma del referéndum debe ser utilizada con cuidado para no convertirla en una ruleta rusa que destruya el proyecto más noble de Europa. Mientras tanto, es de desear que el pueblo británico encuentre su vía de futuro lo más cerca posible del nuestro.